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viernes 12 de junio de 2009

El santuario de la ignorancia

"Pues si, por ejemplo, cayese una piedra desde un tejado sobre la cabeza de alguien, y lo matase, demostrarán que la piedra ha caído para matar a ese hombre, de la manera siguiente. Si no ha caído con dicho fin, queriéndolo Dios, ¿cómo han podido juntarse al azar tantas circunstancias? (y, efectivamente, a menudo concurren muchas a la vez). Quizá responderás que ello ha sucedido porque el viento soplaba y el hombre pasaba por allí. Pero —insistirán— ¿por qué soplaba entonces el viento? ¿Por qué el hombre pasaba por allí justo en ese momento? Si respondes, de nuevo, que el viento se levantó porque el mar, estando el tiempo aún tranquilo, había empezado a agitarse el día anterior, y que el hombre había sido invitado por un amigo, insistirán de nuevo, a su vez —ya que no hay un límite para las preguntas que se pueden hacer—: ¿y por qué se agitaba el mar? ¿por qué el hombre fue invitado en aquel momento? Y, así, no cesarán de preguntar las causas de las causas, hasta que te refugies en la voluntad de Dios, es decir, el santuario de la ignorancia".
Baruch Spinoza, Ethica more geometrico demonstrata, Apéndice al Libro I.

martes 14 de abril de 2009

Phineas Gage

Voy a contaros una historia, triste y a la vez con un gran significado para las ciencias cognitivas. Es la historia de Phineas P. Gage, un joven capataz de construcción norteamericano cuya vida cambió por completo en el verano de 1848.

Gage trabajaba para una compañía de ferrocarriles. Tenía a su cargo una numerosa cuadrilla cuyo trabajo consistía en tender una nueva vía a través de Vermont. No era un trabajo fácil, ya que el terreno era accidentado y lleno de roca dura, de modo que había que hacer volar las rocas para ir abriendo camino. Pero Phineas estaba perfectamente cualificado para el trabajo. Se trataba de un joven atlético y hábil, fuerte y sano. Sus jefes tenían confianza plena en él, aseguraban que era su trabajador más eficiente. Era metódico y muy competente.

Todas esas cualidades eran necesarias para el trabajo que estaba desempeñando, especialmente por lo peligroso que resultaba preparar las detonaciones de las rocas. Había que seguir los pasos de manera ordenada, puesto que un error podía pagarse caro. En primer lugar había que perforar un agujero en la roca, que se rellenaba hasta la mitad con pólvora. Se insertaba una mecha y la pólvora se cubría con arena. Después se apisonaba la arena a golpes efectuados con una cuidadosa secuencia, usando una vara de hierro. Por último se encendía la mecha. Si todo se había hecho correctamente, la pólvora explotaría dentro de la roca, sin proyectar la explosión hacia el exterior, gracias a la protección de la arena. La forma de la vara de hierro y la manera de manejarla también era muy importante, hasta el punto de que Gage tenía su propia vara hecha por encargo de manera muy específica. Sin duda era un verdadero profesional.

Pero en una aciaga tarde de aquel verano, la vida de Phineas Gage tomó un brusco e inesperado giro. Nada volvería a ser igual cuando, preparando la detonación de una de las rocas, Gage se despistó un instante por la llamada de alguien que tenía detrás. Al volver su atención a la roca, no se dio cuenta de que su ayudante aún no había puesto la arena, y empezó a golpear con su barra de hierro. Esto provocó chispas en la roca y la carga le explotó en la cara.

La barra de hierro penetró por la mejilla izquierda de Gage, perforó la base del cráneo, atravesó la parte frontal de éste y salió a través de la parte superior de la cabeza, aterrizando a más de treinta metros.

Pero, para sorpresa de la cuadrilla, Phineas Gage no estaba muerto. No sólo eso, sino que además hablaba. Sus hombres le transportaron en una carreta hasta un hotel. Viajó sentado, y cuando llegaron bajó con sólo un poco de ayuda. Allí le atendió el Dr. Edward Williams, quien le trató la herida, ante la sorpresa de que Gage hablaba con absoluta normalidad, relatando su accidente de manera racional y ordenada.

La herida se complicó con una infección, pero fue tratado por su médico, el Dr. John Harlow, y en menos de dos meses se consideró que Gage estaba curado: su recuperación fue completa, a excepción de una pérdida de visión en el ojo izquierdo. Pero por sorprendente que fuera sobrevivir a una herida así, lo más increíble del caso era lo que iba a suceder después.

Phineas Gage ya no era la misma persona. Y no lo digo en sentido figurado, o refiriéndome al hecho de que una experiencia tan traumática cambia a cualquiera. El amable y trabajador Gage, extremadamente responsable y meticuloso, con aspiraciones de futuro y respetado por todos los que le rodeaban, ahora era, según el Dr. Harlow:
Irregular, irreverente, cayendo a veces en las mayores blasfemias, lo que anteriormente no era su costumbre, no manifestando la menor deferencia para sus compañeros, impaciente por las restricciones o los consejos cuando entran en conflicto con sus deseos, a veces obstinado de manera pertinaz, pero caprichoso y vacilante, imaginando muchos planes de actuación futura, que son abandonados antes de ser preparados.
Incluso se aconsejaba a las mujeres que evitaran pasar mucho tiempo con él, por la extrema obscenidad de su lenguaje. Las personas cercanas a él ya no lo reconocían. Sus jefes tuvieron que despedirle. Estuvo trabajando en diversas granjas de caballos, incapaz de mantener un empleo estable durante mucho tiempo. Más tarde vino su carrera como atracción de circo, rodeado de enanos, mujeres barbudas y otros freaks. La gente iba a verle a él y a la barra que le atravesó el cráneo, de la que, al parecer, Gage nunca se separaba.

Continuó con sus trabajos precarios en granjas desde Sudamérica a San Francisco, ciudad en la que encontró un hueco entre los vagos y maleantes, trabajando a ratos como jornalero y a ratos armando jaleo en tabernas de mala muerte. Así fue como pasó Gage sus últimos días, puesto que en estos últimos tiempos empezó a desarrollar ataques epilépticos. El último de ellos fue tan fuerte que Phineas llegó a perder el conocimiento entre convulsiones contínuas que se sucedieron hasta su muerte, a los treinta y ocho años, en 1861.

El caso de Phineas P. Gage ha llegado a convertirse en todo un lugar común en el estudio de la mente y el cerebro. Fue quizá el primero que sugería que daños en el cerebro pueden llevar a cambios en la personalidad y el comportamiento. Aún más, arrojó alguna luz sobre la localización en el cerebro de aspectos tales como la capacidad de planificar el futuro o el sentido de la responsabilidad. Y por supuesto, para la reflexión filosófica es interesante ver cómo las lesiones cerebrales de Gage llevaron a un cambio no sólo en su forma de pensar sino en su moral.

Fuentes:

Antonio Damasio, El error de Descartes, Crítica, 2006.

lunes 30 de marzo de 2009

La habitación china

El subtítulo de este blog ha sido, durante mucho tiempo "en directo desde la habitación china". ¿Qué habitación es esa? ¿Es una habitación decorada al estilo chino, llena de chinos, en un apartamento de Pekín u organizada según el Feng Shui?

Pues no. La habitación china es un experimento mental, propuesto por el filósofo John Searle para atacar la idea de que la mente es como un programa de ordenador. Idea que constituye la tesis central de lo que Searle llama "inteligencia artificial fuerte". Dicha tesis es una analogía entre el funcionamiento del cerebro y el funcionamiento de los ordenadores digitales que opera en ambas direcciones:

  • La mente funciona igual que un programa de ordenador, siendo el cerebro una especie de ordenador biológico. La mente es al cerebro lo que el programa es al ordenador.
  • Un ordenador, convenientemente programado para simular la inteligencia humana, no sólo es una simulación de inteligencia sino que es inteligencia. Dicho de otro modo: los ordenadores digitales pueden tener mente.

La crítica de Searle va dirigida a la línea de flotación de esta tesis: la definición misma de "ordenador digital". Es esencial para nuestra concepción de lo que es un ordenador que sus operaciones puedan especificarse de manera completamente formal, en términos de símbolos abstractos (unos y ceros, por ejemplo). Pero esos símbolos no se refieren a nada, no tienen significado, no tienen contenido semántico.

Y ahí está el problema de la tesis de la Inteligencia Artificial: nuestros estados mentales (nuestras creencias, deseos, etc...) sí tienen contenido semántico, aparte de los rasgos formales que puedan tener. Los pensamientos versan sobre algo: yo puedo pensar en Murcia, o desear una empanadilla, por ejemplo. Es decir, no sólo tienen forma sino que también tienen contenido, no sólo tienen sintaxis sino también semántica. La idea principal de la crítica de Searle es, por tanto, esta:

"La sintaxis sola no es suficiente para la semántica y los computadores digitales en tanto que son computadores tienen, por definición, solamente sintaxis"1.

Para apoyar su crítica, Searle propone el siguiente experimento mental. Imagina que no tienes ni idea de chino, que si ves un texto en chino no ves más que garabatos sin sentido. Imagina que te encierran en una habitación, y que en ella hay varias cestas llenas de símbolos chinos. Junto a ellas hay un manual en castellano que explica cómo combinar esos símbolos, pero dichas instrucciones se basan sólo en la forma de los garabatos y no en su contenido. Por ejemplo, una de las reglas del manual podría ser: "toma este garabato de la cesta A y ponlo junto a este garabato de la cesta B".

Imagina que meten en la habitación algunos otros símbolos chinos, junto con nuevas instrucciones para mandar fuera de la habitación ciertas combinaciones de símbolos chinos ante la entrada de nuevos símbolos.

Supongamos que fuera de la habitación, los "programadores" de este experimento llaman a los símbolos que entran en la habitación "preguntas" y a los que salen (combinados por ti) "respuestas". Con el tiempo, los programadores perfeccionan los manuales de instrucciones y tú te conviertes en un experto combinador de garabatos (en todo este tiempo no has aprendido el significado de esos garabatos). De hecho, el sistema llega a ser tan eficaz, que fuera de la habitación se realizan preguntas en perfecto chino y se reciben respuestas en perfecto chino, indistinguibles de las de un hablante chino.

¿Cuál es la gracia del asunto? Que sigues sin tener ni pajolera idea de chino. Has estado manipulando símbolos en base a su forma, sin saber nada de su contenido. Así que, aunque desde fuera de la habitación da la sensación de que dentro hay un hablante chino, la verdad es que no tienes ni idea de lo que estás haciendo.

¿Y la moraleja filosófica de todo esto? Que manipular símbolos en base a su forma no hace que conozcamos su contenido. Y esto es precisamente lo que hace un ordenador: no atiende al contenido de los símbolos, sólo a la forma. Para decirlo con términos precisos: lleva a cabo una manipulación sintáctica, no semántica. Y por lo tanto tampoco entiende lo que está haciendo, porque la sintaxis no es suficiente para la semántica.

Veamos entonces a qué conclusión nos lleva esto:

  1. La sintaxis no es suficiente para la semántica.
  2. Un programa de ordenador manipula símbolos en base a su forma o sintaxis, sin tener en cuenta el contenido semántico de éstos.
  3. La mente humana tiene contenidos semánticos.
  4. La mente humana no funciona como un programa de ordenador, ni un programa de ordenador puede ser una mente.
Como vemos, el argumento de Searle, si se acepta, es devastador para la inteligencia artificial, al eliminar la posibilidad de crear verdadera inteligencia mediante programas de ordenador. Y es importante señalar que la crítica searleana no depende del progreso tecnológico. No es una cuestión que se pueda resolver en un futuro, cuando tengamos mejores medios, ordenadores más potentes, etc. sino que tiene que ver con la definición misma de "ordenador digital" o "programa". Y todo esto con algo tan aparentemente inocente como una "habitación china".

Para saber más:

jueves 21 de agosto de 2008

El último mago

En el año 1936 salieron a subasta varios lotes de manuscritos de Isaac Newton, que habían estado marcados desde su muerte como "no aptos para la imprenta". Durante tres siglos permanecieron en sus cajas, desconocidos para el mundo, hasta que los herederos de Sir Isaac decidieron subastarlos. Uno de los compradores de los lotes fue John Maynard Keynes. Tras examinarlos, estas fueron sus impresiones:
"Newton no fue el primero de la Edad de la Razón, fue el último de los magos, el ultimo de los babilonios y de los sumerios, la ultima gran mente que contempló el mundo visible e intelectual con los mismos ojos que lo hicieron quienes empezaron a construir nuestra herencia cultural hace casi diez mil años".
¿Qué contenían esos manuscritos para que Keynes hiciera esta declaración? Primero hemos de entender que se había presentado tradicionalmente a Newton como el arquetipo del científico frío y racional que se mantiene alejado de creencias esotéricas y supercherías. Pero nada más lejos de la verdad. Los trabajos "científicos" de Newton ocupan sólo una parte mínima de su obra. Los manuscritos que Keynes había adquirido contenían alrededor de 650000 palabras sobre alquimia, pero en conjunto todos los manuscritos que habían salido a subasta nos mostraban a un Newton enfrascado en la interpretación de las Sagradas Escrituras o en averiguar las medidas exactas del Templo de Salomón.

Ante este descubrimiento se iniciaron muchos estudios destinados a entender qué llevó a Newton a interesarse por la alquimia, por qué él mismo ocultó sus prácticas alquímicas, e incluso cómo se integran estas con el resto de su pensamiento científico. Pero también hay quien niega que esta faceta de Newton sea relevante. No obstante, quien esto hace se tropieza de narices contra la ingente cantidad de papel gastada por Sir Isaac en sus investigaciones alquímicas. También cabe la posibilidad de defender que la alquimia newtoniana es una alquimia "racional", preludio a la química que vendría poco después.

A. Rupert Hall es uno de los investigadores que han defendido esta tesis. "No hay ningún misterio en esto", nos dice después de afirmar que Newton se dedicó a "la realización de experimentos químicos". Es cierto, concede, que Sir Isaac leyó minuciosamente páginas y páginas sobre alquimia, amén de "químicos menos extravagantes como, por ejemplo, Boyle". Y también es cierto, según Rupert Hall, que pasó al menos cuatro años dedicado a "experimentos químicos".

Sin embargo, los reveladores estudios de la difunta Betty Jo Teeter Dobbs nos muestran otro punto de vista distinto. Para empezar, Newton no sólo leyó mucho sobre alquimia, sino que en su biblioteca se hallaron, muy usados, libros raros que sólo podían obtenerse contactando con círculos alquímicos. También llama la atención que un "químico menos extravagante" como era Robert Boyle creyó haber descubierto el mercurio filosofal de los alquimistas. Por otra parte, los "cuatro años" que Hall afirma que Newton dedicó a experimentar, Dobbs estima que comenzaron en 1668 y se prolongaron a lo largo de casi toda su vida.

Así, no podemos despachar este asunto con tanta facilidad como hace Hall. Sería una locura negar la relevancia de Newton en la historia de la ciencia, pero tampoco se puede dejar de valorar la alquimia newtoniana a la luz del resto de su sistema. Porque el pensamiento, científico o no, de Newton, es un sistema. Los Principia son una parte de este sistema, junto a la alquimia, la teología y demás; y su objetivo último sería el conocimiento de la Verdad con V mayúscula. Quizá Newton no fue "el primero de la Edad de la Razón" ni "el último mago", sino ambas cosas.

Bibliografía
  • Dobbs, Betty Jo Teeter, The Foundations of Newton's Alchemy, or "The Hunting of the Greene Lyon", Cambridge University Press, 1975.
  • Hall, A. Rupert, La revolución científica 1500-1750, Barcelona, Grijalbo, 1985.

martes 12 de agosto de 2008

Muertes de filósofos: Empédocles

Nombre: Empédocles de Agrigento

Edad en el momento de morir: Según Aristóteles, 60 años; según otras versiones más imaginativas, 109

Fecha y lugar de muerte: 430 a. C., Monte Etna (Sicilia)

Causa de muerte: Exposición excesiva a la lava volcánica

Descripción: Poco se sabe de la vida de este filósofo presocrático, y lo poco que se sabe está envuelto en el mito. Fue famoso en su tiempo por sus dotes oratorias y su profundo conocimiento de la naturaleza, pero también se le atribuyen diversos poderes mágicos, que van desde la curación de enfermedades al control de fenómenos climáticos como la lluvia, el viento o las tormentas. Parece que él mismo describió estos superpoderes en su obra Las purificaciones, de la que sólo conservamos fragmentos.

Si su vida está envuelta en el mito, su muerte no lo está menos. Existen varias versiones sobre ésta, a cual más improbable, pero sin duda la más famosa es la que afirma que se suicidó arrojándose al interior del volcán Etna. ¿Por qué haría una cosa así? Los más benignos con el filósofo dirían que lo hizo para tener un conocimiento más profundo de los elementos (y tan profundo), pero la versión popular tiene más mala leche: lo hizo para desaparecer sin dejar rastro y que así sus coetáneos creyesen que había ascendido a los cielos como un dios. Sin embargo le traicionó su afición al calzado de bronce (ignoramos si aparte de ser de bronce llevaba tacón). Una de sus sandalias salió disparada del volcán, descubriéndose así el pastel y quedando expuesto tanto a la dramatización romántica de Hölderlin como a la mordaz sátira de Luciano de Samósata.

No conocemos la verdadera causa de la muerte de Empédocles, pero probablemente sea mucho menos espectacular que todo esto, y también menos adecuada para el filósofo que formuló la doctrina de los cuatro elementos.

Fuentes:

Entradas antiguas